
Segovia tiene aún librerías amables. Unas más recogidas que otras, pero todas en un clima de sosiego donde la intimidad es una ventaja para ojear libros. Las librerías segovianas invitan a ser visitadas y no solo por el olor característico, como si fueran los anaqueles el pebetero del que emana el ingenio que hay en ellos, sino, y además, por cuanto los propios libreros – y las libreras, acaso en mayor medida- son entendidos, amables y pacientes, notándose con claridad el apego de su vocación. Por eso me gusta perderme en esas recoletas librerías de nuestra ciudad y gozar hojeando (mover las hojas) el mundo de sentimientos ,de emociones, de viajes, de arte, de...cuanto la creatividad humana es capaz de plasmar en un hermoso proceso que las nuevas técnicas no podrán erradicar. De aquí que sienta como propio el cierre reciente de una librería en la Plaza Mayor: uno se sentía inmerso en una ciudad más culta cuando paseaba bajo los soportales y veía el escaparate de con una oferta intelectual compitiendo –hermanándose, mejor- con una grata oferta gastronómica en la misma acera.
En una de estas librerías segovianas me topé con dos libros que tenía ánimo de comprar desde que aparecieron: Uno es la obra de un italiano que hace de cada libro una arquitectura complicada, con expresión cuidada. El otro era, sencillamente “Cien años de medicina en Segovia” del que es autor Juan Manuel Garrote Díaz. Reconozco que éste libro me causó más gozo , por ser más próximo, más mío, por ser más nuestro. A Juan Manuel tuve ocasión de conocerle con motivo del congreso sobre Andrés Laguna. Hablamos, claro, de aquel segoviano europeo y sus obras, de sus andanzas, de la belleza de su legado expresado con un total dominio de la lengua de Castilla, que él muchas veces definía como “nuestra lengua española”, cinco siglos antes de que, ahora, lo quieren poner como novedoso. No estuvo ausente, en nuestros demasiado breves coloquios, el amor que Laguna sintió por Segovia, a la que proclamaba y a la que quería volver siempre, lográndolo solo para morir, aunque no muriera en ella por su afán de ofrecerse siempre que era reclamado, por el prestigio que su vida y su obra representaban.
Juan Manuel Garrote ya estaba entonces enfrascado en la construcción de este libro que hoy tenemos ene las librarías segovianas, y ello era motivo de sonsacar, a quien él creía que podía ayudarle a incrementar sus fuentes de investigación, para ilustrar los propios caminos complejos que llevan a la elaboración de un libro que interese, cuantos más datos posibles y, en este caso concreto, sobre los médicos segovianos o que sin serlo ejercieron en Segovia su abnegada profesión. Quiero recordar que en esta lista estaban los médicos segovianos que ejercieron en Madrid, o a caballo de las dos tierras de ambos lados de la Sierra. Recordamos losnombres de mi buen amigo y admirado Don Valentín Cardiel, de su hermano Mariano a quien conocí menos,; don Fermín Cubero, meritísimo médico hecho a golpoes de voluntad y titánica fuerza vocacional y , desde luego, de la trilogía de médicos segovianos del siglo XX en Madrid: Teófilo Hernando, Antonio García Tapia y Mario Esteban Arnguez. Y entre los de una generación posterior Vicente Gilsanz; todos ellos doctores que honraron la ciencia médica de manera muy especial fuera de su Tierra, como antecesores de una larga y prestigiosa lista que sigue su ejemplo en la actualidad.
No quisiera alargar esta justificación de nombres que pudieran distraer la atención sobre el objetivo principal de este magnífico libro, imprescindible para la historia de Segovia en el siglo XX, Juan Manuel Garrote nos ha hecho un regalo inestimable, de un valor documental importantísimo y de un acta de presencia que hace justicia a toda la clase médica segoviana, incluyendo, con igual mérito, admiració y cariño a los doctores que no naciendo aquí fueron tan nuestros. ¡Chomin Vidaechea en el recuerdo emocionando y alegre, cómo él querría!.
El capítulo que dedica a la “Evolución histórica de la Medicina y los Médicos en Segovia durante el siglo XX” es un estudio cuidadoso, puntual y expresivo de lo que fue su práctica en toda nuestra provincia, las instituciones que existían y su alcance; las que se crearon y su vida, a veces precaria y otras más generosamente dotadas, pero en todo caso con el carácter de dignidad y sabio hace de nuestros médicos. ¡Qué hermosa profesión en esos nombres que ahora vuelven a mi recuerdo con emoción y gratitud! Aquellos médicos de mi infancia generosos en su contribución intelectual y moral a una sociedad decaida más dque decadente. A una humanidad a la que amanecer cada día le costaba ímprobos esfuerzos, sobre todo por la falta de alicientes para superar sus propias carencias, cuando los fusiles, al fin cegados, dejaron paso al silencio.
DOÑA JUSTINA
En este libro de Garrote están, entre todos los nombres admirables nombres ejemplares individualmente, pero también el bloque homogéneo que formaron –el de Doña Justina, que fue la comadrona que me trajo al mundo y los de el jovial Emilio Soteras:-“A que pronto vas a poder jugar en la plazuela” y mi garganta atormentada parecía mejorar con su sola caricia; el cariñosísimo Pedro Moreno “Perico”, que también me curó con solicitud y luego fue mi amigo andando el tiempo. Ahí están Eduardo Fernández Dívar, Luis Sirera, Fernando Rico, Samuel Obregón, Miguel Ángel Zamarrón, Juan López Miguel, Alfonso Gila, Eugenio Manzanares,....todos, todo un regalo para nuestra Tierra. Acaso noto la falta de Luis Jardón, a cuya casa vino a Segovia por primera vez Manuel Alcorlo. También formaron, con todos los presentes en ese libro, las vidas de Don Tomás Roldán, de Arturo Merino y pocos más que no estén citados.
Años difíciles, los que estoy evocando ahora, en los que la clase médica segoviana, muy culta, era el vástago del núcleo social al que servían combatiendo el dolor físico, ciertamente, pero también la ignorancia muchas veces. El médico era consejero, asesor desinteresado, hombre bueno que buscaba la armonía y la paz en muchas familias que gracias a ellos no se rompían. Seguro estoy que si el médico de cabecera hubiera seguido en su fenomenal misión, la familia estaría hoy más considerada y unida. Nos daban, junto a al aspirina y el aceite de ricino, la esperanza para recuperar la dignidad de una sociedad que habían arrebatado las trincheras. Gracias a esos médicos nuestra infancia fue muchas veces una sonrisa. La clase médica en Segovia, acaso sin proponérselo, pero innato en ella, mantuvo y elevó la calidad de vida segoviana, por su cultura generalizada , por su saber hacer siempre señorial y por su saber estar. Declaró su hostilidad no solo al mal físico y a la enfermedad sino a la precariedad residual de una época difícil y escasa. Vivió y actuó dando la cara a las carencias y rodándonos de una alegría sana que trascendía, puede que como la mejor medicina y acaso como la única que nos podían recetar. Y lo supieron hacer sin darle importancia a su siembra y sin pasar más factura que las igualas, que no siempre cobraban.
BUROCRATIZACIÓN
Transmitían afecto y eficacia médica en el ejercicio cotidiano de una Medicina que fue paulatinamente reorganizándose, hacia una burocratización más rígida y ordenancista y puede que con menos contenido de trato human, sin que de ello sean responsables los médicos de hoy, que con idéntica vocación, son igualmente solícitos y ejercen una Medicina estructurada de otro modo.
Recuerdos que me vienen de una época en que lo más abundante era el hambre y con ello la desnutrición y los niños jugaban con la esperanza de que el aire limpio de Segovia y su sierra les fortaleciera. Aquellos médicos se enfrentaban a seres de carne y hueso y, bien a su pesar, a veces solo podían darles ánimo y espíritu; tratando de liberarnos a los segovianos de la rapacidad de los males.
El atraso general, e abuso y la injusticia que se ponían de manifiesto constantemente en el mundo rural del principio del pasado siglo tenían una enorme carga negativa para el desempeño de las tareas médicas. Pero si había situaciones de enfrentamiento e indisposición alentadas por cacique sy móviles inconfesables, en los hogares de los médicos rurales se vivía un ambiente de responsabilidad ejemplar, tanto en el ejercicio de la profesión como en la propia vida hogareña. Sirva de muestra que en la casa del doctor Rivera, médico de Riaguas de San Bartolomé se inculcaron valores y respetos, y no eran un caso aislado, que hicieron posible que dos de sus hijos tengan incoada causa de beatificación en Roma. Uno de ellos Antonio Rivera Ramírez, El Ángel del Alcázar. Permítame el lector incluir aquí, como homenaje a los médicos rurales segovianos, un recuerdo y una pública manifestación de admiración y cariño en la persona de Valentín Gil, el formidable médico de Riaza y mejor persona.
Junto a la desidia oficial y el abgandono rural también se dieron en la Medicina segoviana situaciones de ayuda y solidaridad ejemplares, que sin más objetivo que el de aminorar los dolores de los seres enfermos, constituían eficacísima auda para la clase médica. Tal eran los impagables servicios de las Hijas de la Caridad en el Hospital de la Misericordia y en otros centros asistenciales, de lo que todos los segovianos hemos sido testigos, si no beneficiarios. Como ocurría –y ocurre felizmente- con las Siervas de María junto a los enfermos domiciliarios, o con la Asociación de Señoreas del Hospital, que me daba ocasión de ira al de la Misericordia acompañando a mi madre en sus visitas, para mi mundo infantil y juvenil cargadas de curiosidad y asombro, anestesiadas por el profundo olor a cloroformo que se expandía por todo el recinto.
Juan Manuel Garrote y con él sus colaboradores en la detallada obra, como Carmen Tapia Valero, José Ángel Gómez de Caso, Fernando Pérez Garzón, Luis García de Yébenes y todo el magnífico plantel del Hospital General, nos ofrecen un trabajo minucioso, como la crónica más completa de una actividad fundamental para la vida humana, como es la Medicina, pero también una aportación de la Historia de Segovia del siglo XX que debe ser imitada por otros sectores de actividad, por cuanto significa de ilustrativa y recapituladora su aportación.
MAGISTERIO MÉDICO
Volver a leer los nombres que nos fueron tan familiares y recordar sus personas es un regalo espléndido que debemos aprovechar los segovianos todos para revivir nuestro pasado inmediato. Fueron protagonistas de un magisterio médico, ciertamente, pero sobre todo, con una solicitud humana ejemplar que hacía más bien que muchas medicinas, que tampoco abundaban: Don Felipe Barrios y sus hijos, Carlos de la Fuente, Pérez Gallardo, Don Casimiro Lozano –entrañable- Samuel Obregón con su famoso coche D.K.W. –hubo otro coche famoso entre los segovianos y fue el del bondadoso, entregado a los demás y popular Don Víctor Sanz, como famosas fueron la moto del jovial y expertísimo Teófilo y la bicicleta de Arturo Merino, practicantes a los que les rebosaba la bondad y la hombría del bien, características ests que siempre estaban presentes en todos aquellos profesionales, todos, también de una endiablada manera de escribir las recetas, auténticos galimatías que nosotros éramos incapaces de entender pero que en las cinco farmacias entonces existentes en Segovia, no había problema para despachar lo que nos habían recetado. Aunque la mayoría de las veces un caldo de huesos y un potaje de garbanzos era la mejor medicina para la población desnutrida.
La Casa de Socorro, en la Alhóndiga, donde más de una vez nos cosieron las brechas, que aún son y ya siempre lo serán, testigos de una infancia bulliciosa en una Segovia muy distinta a la actual, acaso más cordial, más íntima y más abierta entre sus gentes. El Instituto de Higiene, en un edificio anejo al Palacio de la Diputación, donde nos ponían unas vacunas que nos dejaban unos ronchones, más grandes que las perras gordas, al brotar en el brazo y luego en el río cuando nos bañábamos en Los Platillos o en los Tres Puentes (entonces no había ninguna piscina, ni pública ni privada) nos presentaban a todos como marcados y pertenecientes a una misma tribu bulliciosa.
¡Qué abanico tan espléndido de nombres y situaciones, tan puntualmente descritos por Juan Manuel Garrote! Síntesis de lugares y modos, de evoluciones y de magníficas realidades presentes. Olvidado queda en nuestra pesadilla el Hospital Militar y los sufrimientos de una época de cuerpos destrozados y hasta del estupor de su largo incendio final. Aún había de prolongarse su existencia, en lo que a mi concierne, en lo que fuera Casa Cuna de la Dehesa, donde, estando de alférez en Robledo, y por ser de Segovia, me correspondió la difícil entrega del cuerpo muerto de un alumno, por el rebufo de un bazuca, a sus familiares llegados desde Huelva. Muchos son los recuerdos, unos amables otros dolorosos como es la vida misma, pero la exactitud de la crónica debe ser reconocida como merece. A la inquietud profesional e intelectual del Doctor Garrote debemos todos estar agradecidos.